La educación medioambiental

25 noviembre, 2015

Cuando hablamos de problemas medioambientales y referentes a la naturaleza y su conservación, lo primero que tenemos que tener en cuenta es que, con respecto a estos temas, la educación es primordial. Si hablamos con nuestros pequeños desde los primeros momentos sobre la importancia de no herir al mundo con acciones no deseadas, de no contaminar y, en definitiva, de llevar a cabo el denominado desarrollo sostenible, seguramente asimilarán pronto que se puede estar en el mundo de una forma más “pacífica”. El reciclaje, la utilización de bolsas biodegradables, utilizar papel reciclado para evitar que se sigan perdiendo bosques, no contaminar el mar con nuestra basura, contribuir al ahorro energético utilizando la energía solo de la forma que necesitemos, etc. Son muchas las medidas que se pueden tomar desde nuestro corto espacio de acción para evitar que el mundo se vea dañado por nuestro paso por él. Evidentemente, hay algunas consecuencias inevitables de la presencia del ser humano en la tierra. No es posible que el hombre haga su vida sin contaminar una pizca, por pequeña que sea, el planeta. Todo eso es necesario que lo sepan los niños, que conozcan cuál es la incidencia de sus decisiones en el mundo, por pequeñas que parezcan. Esa es la única forma de que desde que son pequeños se conciencien para tratar de evitar el sobreuso de alguna de estas decisiones.

Es cierto que, en un mundo cada vez más azotado por la contaminación, cada vez existen personas más concienciadas al respecto. Y, por extensión, cada vez educamos nuevas personas con más conocimiento sobre todos los efectos de esta situación. Sin embargo, mientras escribimos o leemos este artículo, existen ciudades en el mundo en las que los niveles de contaminación son tan altos que las autoridades tienen que obligar a los niños, por ejemplo, a no ir al colegio durante unos días para evitar que estén en contacto con semejantes niveles. Es el caso de Teherán, capital de Irán, una de las capitales más contaminadas del mundo, en la que es habitual esta práctica. Obviamente, no hace falta recalcar el peligro educativo que conlleva para las nuevas generaciones esta interrupción de los cursos durante días, ya que los más pequeños no terminan de adquirir el ritmo necesario para asentar conocimientos de la forma que debiera ser correcta. Por no hablar de los efectos de esta situación en la población perteneciente a los denominados “grupos sensibles”, como asmáticos, alérgicos o personas con enfermedades respiratorias crónicas.

Para la erradicación del problema, aunque es muy difícil, es primordial la educación. Evitar en los niños que se adquieran los mismos vicios que las generaciones anteriores, para eliminar así las malas acciones cotidianas. Puede parecer cosa de poco, pero lo cierto es que si todos nos metiésemos en la cabeza cuáles son esas pequeñas acciones que contribuyen a que el mundo sea un poquito menos sano, nos iría mucho mejor en cuanto a los niveles de contaminación. Sin embargo, la única manera es esa: coger a un niño cuando su mente todavía es inocente y no tiene malos hábitos y enseñarle cuáles son y cuál es la alternativa a los mismos. Es decir, conducir un coche para ir a la ciudad todos los días contamina una barbaridad, pero tienes la alternativa del transporte público. Por ejemplo. Las pequeñas acciones, unidas y en gran cantidad, se convierten en una acción global, esa que demandan las organizaciones que se dedican a tratar de eliminar efectos tan indeseados como el cambio climático o el efecto invernadero de nuestras sociedades.

Por eso hay que concienciar a los niños, desde la ternura de sus primeros años educativos, de que, aunque les pueda parecer poco, tirar un trozo de plástico al mar puede suponer millones de años de suciedad, que pervierte la vida normal de los animales, por ejemplo. O de que el uso de bolsas biodegradables de plástico, en lugar de cualquier otra de las que van a poder usar, contribuye a que el medio ambiente sea el que absorba los componentes de la misma, sin que resulten dañinos para su desarrollo normal. En la educación está el futuro; por lo tanto, no lo dudemos, eduquemos.

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