Mi hijo no quiere estudiar

30 septiembre, 2013

Cuando las notas empiezan a fallar y vemos a nuestros hijos desmotivados y con falta de interés, recurrimos al profesor particular que apoye el trabajo de estudio en casa. Existen muchos motivos y situaciones por las que recurrir a un profesor particular y muchas otras para las que no hacerlo. Es importante entender que no debemos recurrir a uno cada vez que las cosas vayan mal, porque en muchas ocasiones puede resultar contraproducente, además de un gasto ingente e inútil de dinero. Vamos a analizar las causas y la forma de optimizar y rentabilizar nuestra inversión y el trabajo de nuestros hijos.

En primer lugar, debemos analizar las causas por las cuales el rendimiento de nuestro hijo no es el adecuado: falta de interés, dificultades para entender al profesor, falta de atención en clase, desvaloración del esfuerzo, ritmo de aprendizaje inferior que el resto de la clase… Nuestra observación y las indicaciones del tutor del centro nos servirán para entender cuáles son las causas de que nuestro hijo esté fallando. estudiar

En ocasiones pensamos que pagando a alguien que venga a casa y esté “encima de él o ella” para que estudie y haga los deberes lo estamos haciendo bien. Si el problema de nuestro hijo es una falta de capacidad, de seguir el ritmo de la clase o de falta de comprensión ante las explicaciones del profesor, las clases particulares serán la solución a sus problemas al contar con una atención totalmente personalizada. Pero por desgracia esta situación solo se da en un porcentaje muy bajo de casos.

En el resto de ocasiones el problema puede ser la falta de atención, de interés y ganas de trabajar, ante lo cual el profesor particular será una “niñera” demasiado cara y poco efectiva. La desesperación por parte de los padres en estos casos es total.

Para poder aportar una solución efectiva a cualquier problema, debemos primero entender cuáles son sus causas, o de lo contrario iremos dando palos de ciego sin arreglar nada. Los casos más problemáticos para los padres son la falta de interés por parte de los hijos, ya que se encuentran impotentes. Además, en estas ocasiones el profesor particular ha de ser claro ante la expectativa de resultados. El profesor está para explicar y ayudar al estudiante en aquellas materias que entrañan mayor dificultad para él, pero en ningún caso puede aprender o estudiar por él. Además, en la mayoría de ocasiones en las que la desgana se apodera de nuestros hijos, esto no va parejo con la falta de capacidad, con lo que nos encontramos con chicos y chicas inteligentes y espabilados que no tienen verdaderas dificultades en el estudio, sino a los que sencillamente no les apetece esforzarse en ello. La falta de voluntad en una persona joven es algo bastante grave, no ya por los estudios, sino porque esta actitud llevada a su proyección de futuro académico y profesional, le puede acarrear muchos problemas.

Aunque la falta de interés puede deberse a muchas causas (familias desestructuradas, déficit de atención…), en la mayoría de las ocasiones, esto se ve agravado o generado debido a la falta de estímulo. Es un mal actual el dar a nuestros hijos todo lo que podamos, independientemente de si se lo han ganado o no. Miles de padres acuden a las consultas psicológicas cada año angustiados por no saber qué hacer ante la actitud tirana y exigente de sus hijos, cuando ellos mismos están potenciando su actitud.

Basta con entender que el aprendizaje se produce, primero por imitación (debemos ser el mejor ejemplo de nuestros hijos) y en segundo lugar por un sistema de recompensas y refuerzos. Cada vez que premiamos a nuestros hijos con un nuevo juguete o actividad de su agrado, esto debe ir aparejado con el comportamiento que esperamos de él. Es frecuente escuchar a los padres y madres decir cosas tales como “Es que lo tiene todo. Yo trabajo y me esfuerzo para que lo tenga todo. Él solo tiene que estudiar y aprovechar las oportunidades que se le están brindando, y él me lo paga con malas palabras y con estas notas. Los hijos no aprecian nada”. Estas palabras tan comunes entre los padres, tienen como origen un error básico, que consiste en pretender que los hijos razonen igual que un adulto o que vean las cosas con la misma perspectiva que nosotros. El funcionamiento de un niño, o incluso de un preadolescente, es mucho más sencillo: acción, recompensa. Si nuestro hijo no estudia, tiene mal comportamiento o trae malas notas a casa y mientras tanto nosotros le compramos ese videojuego que nos ha pedido, le damos dinero para salir, o lo llevamos al parque temático de la ciudad, el mensaje que le estamos transmitiendo es que da igual si hace las cosas bien o mal, porque él se merece todo lo que damos haga lo que haga. Y este mensaje erróneo que le emitimos constituye nuestro principal error. Cuando vemos que nuestros hijos no cumplen con lo que esperábamos, nos enfadamos y recurrimos al ‘castigo’, privándolos de aquello que les dimos previamente. Está científicamente comprobado que el castigo no es tan eficiente como el sistema de recompensas. Darle dinero cuando trae buenas notas, o darle permiso para salir, o llevarlo de viaje. Toda recompensa requiere un esfuerzo previo.

También es muy importante no improvisar. Si, llevados por enfado, castigamos a nuestro hijo con algo que no sabía que podía ocurrir, no estamos fomentando su buena conducta. Al hacer esto, nuestro hijo entiende que tenemos un carácter imprevisible y que él no puede hacer nada para prevenir su castigo, con lo que la falta de interés por esforzarse aumentará.

Al final, ser padre tiene mucho que ver con saber ser coherente y consecuente. No amenazar, sino ofrecer recompensas a cambio de buenos comportamientos y llevarlo a cabo hasta el final, y no ofrecer recompensas en ocasiones en las que nuestro hijo no ha hecho nada por merecerlas, porque entonces preferirá esas recompensas aleatorias que llegan gratuitamente en lugar de esforzarse por las otras. Y es que la “ley del mínimo esfuerzo” no falla nunca.

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